lunes, 23 de abril de 2012

El regalo de la cebolla



Ayer en @Pola_Cocina_Asi les hablaba de lo feliz que me hizo el conseguir cebollas borettanas. No, no soy la única loca que se para a pensar en lo hermoso que es el regalo de las cebollas, llorar sin tristeza. Me desperté de una larga siesta pensando en este poema de Pablo Neruda, Oda a la Cebolla.



Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre 
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa 
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta 
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.
Pablo Neruda

A veces es tan terapéutico admirar la belleza, así sin tratar de sacar conclusiones. Recordé también, con una sonrisa, a aquel tonto del que nos contaba Sabines en Como pájaros perdidos:

XXVI
Se puso a desprender, una tras otra, las capas de la cebolla, y decía: ¡He de encontrar la verdadera cebolla! ¡he de encontrarla!
Jaime Sabines

Me guardaré entonces para más tarde mis chaquetas mentales. Hoy solo quiero llorar sin pena, cenar cebollas.

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